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jueves, 2 de julio de 2009

El rol de los padres en la adolescencia

Se me ocurre para el inicio de esta nota, traer al papel una frase que plantea una interesante paradoja: “educar es aprender a cortar lazos”.

¿En qué lugar nos coloca a los padres este enunciado?, seguramente en un camino de inciertos tanteos e inquietantes vacilaciones y nos impone la tarea de confrontar nuestro “saber sobre la vida” contra novedosos planteos y encendidos cuestionamientos, sumados estos a la efervescente revolución afectiva y acelerado desarrollo intelectual que viven nuestros hijos en la edad adolescente. Y reitero: no deja de ser una confrontación, familiarmente dolorosa, pero culturalmente necesaria, pues son estos condición de transformación y diferenciación. Ellos deben constituirse con nuestra presencia e imagen pero estableciendo no las semejanzas sino las diferencias que habrán de definir su estilo y su personalidad.

Muchas veces atados quizás a una melancolía que obstaculiza, pretendemos para ellos el modelo de educación que reinaba en nuestra adolescencia, y remarcamos frases como: “Yo a tu edad…”, o cuestionamos el modo de adquisición de conocimientos: libros versus computadoras, cálculos matemáticos manuales versus calculadoras. Vana discusión. Obvio es que la humanidad ha echado mano siempre de los nuevos elementos tecnológicos y gracias a ello a colocado al hombre en la luna, a fotografiado el interior de su cuerpo sin siquiera tocarlo, o es capaz de clonar a alguien que vivió hace miles de años intentando cumplir con su fantasía de eternidad.

Los vemos crecer y madurar lejos de nuestras ideas, más cerca de la experiencia compartida con sus pares, más cerca del universo simbólico que la cultura impone, que nos precede y que nos sucede. Es que acaso alguien puede substraerse a ese orden sin pagar el precio del aislamiento o la locura.

“Tus hijos seguirán tus pasos y no tus consejos”, proverbio que nos advierte sobre el cuidado que debemos tener entre el distinto sentido de nuestras palabras y nuestras acciones, pues quizás queden ellos marcados por estas últimas más que por un torrente de advertencias y consejos moralizantes.

A modo de cierre, si es que algo puede ser cerrado, podríamos pensar que educar no es intentar poner nuestras disposiciones psíquicas en su propia mente, sino que: nuestra presencia afectiva, el calor de nuestro cuerpo, nuestro apoyo intelectual, nuestra atenta vigilia, o para decirlo con el psicoanálisis, nuestra disposición a soportar la demanda, les sirva como refugio, como lugar donde compartir en silencio su dolor, la emoción de sus proyectos o la alegría de sus éxitos.

Arturo Traynor