jueves, 2 de julio de 2009
¿A quién voto?
A quien piense que la educación es un mecanismo complejo, y que requiere la acción de todos los eslabones de la cadena social: familia, educadores y estado. Y que aún así los resultados serán inciertos, ya que en muchas desarrolladas naciones el problema no ha sido resuelto en toda su extensión.
A quien no pretenda lograr resolver los problemas de seguridad con “slogans” resonantes pero vacíos de sentido. Pensemos que no podemos hacernos cargo de la violencia de los otros, y que solamente la aplicación de la ley iniciaría el camino de lograrla.
A quien no se vanaglorie de sus obras (escuelas, agua, caminos etc.), ya que después de todo ¿qué otra cosa tiene que hacer quien gobierna?.
A quien acepte que, lamentablemente, el mayor desgaste de sus energías gubernamentales las derrocha en luchar contra los obstáculos que la oposición le pone en el camino, en su eterna pretensión de alcanzar el poder más allá del daño que en su intento puedan provocarle al país.
A quien no pretenda distribuir la pobreza, sino estimular el trabajo para generar riqueza, ya que el único capital es el trabajo acumulado.
A quien se proponga trabajar, trabajar y trabajar sin anticiparnos la certidumbre de sus resultados.
“la salud, la educación y la seguridad nunca se logran porque un pueblo enfermo, inculto y temeroso es fácilmente domeñable.”
Frases célebres y no tanto
• La voluntad es involuntaria.
• Jugamos a ser serios, y lo único que hacemos seriamente es jugar.
• Hay dos clases de seres golpeados: quienes lo desean y quienes se lo merecen.
• No hay más que dos conductas humanas: apropiarse legal o ilegalmente de la sexualidad o del trabajo del Otro.
• La violencia es la justicia de los fuertes, la justicia es la violencia de los débiles.
• El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza.
• Destruimos a nuestros congéneres más por sus “malos pensamientos” que por “sus malas acciones”.
• Las verdades valen no por lo que dicen sino por quien las dice.
• Los parlamentos del cine francés son insufribles.
• La amo tanto más por lo que no me atrevo a decirle, que por lo que le digo.
• El deseo siempre está en el lugar que no corresponde.
• Consultamos al psicoanalista por nuestra sexualidad, y al médico por nuestra muerte.
• Caminante hay un camino, se lo descubre al andar.
• El poder viene del campo del Otro.
• Un político es aquel que propone soluciones donde no existen problemas.
• La salud, la educación y la seguridad nunca se logran porque un pueblo enfermo, inculto y temeroso es fácilmente dominable.
• La desnudez y la muerte nos igualan.
• Nos procuramos tiempo para no saber cómo matarlo.
• Desencuentro: En la ficción Juan ama a María, María a José, y José a Juan. (¿Y en la realidad?).
• Hombre y mujer: buenos en sí mismos, imposibles el uno junto al otro.
• La felicidad consiste en buscarla, no en encontrarla.
• El hombre no es bueno ni malo (esta es una definición de la cultura), solo intenta apropiarse de lo que desea.
• Si un enfermero se cree médico, está loco, pero si un médico se cree médico lo está mucho más.
• En el capitalismo el estado “castiga” al individuo socialmente útil, para beneficiar al socialmente inútil. (¿Será la culpa por la explotación?).
• Una de las principales causas de los conflictos sociales, es la aversión al trabajo.
• Lo importante en la vida es no estar muerto.
• Cuanto más conocimiento menos certidumbre.
• El dinero no es importante, sí lo que podemos adquirir con él.
Todas las frases fueron creadas e ideadas en mis noches de desvelo.
Arturo Traynor
El rol de los padres en la adolescencia
Se me ocurre para el inicio de esta nota, traer al papel una frase que plantea una interesante paradoja: “educar es aprender a cortar lazos”.
¿En qué lugar nos coloca a los padres este enunciado?, seguramente en un camino de inciertos tanteos e inquietantes vacilaciones y nos impone la tarea de confrontar nuestro “saber sobre la vida” contra novedosos planteos y encendidos cuestionamientos, sumados estos a la efervescente revolución afectiva y acelerado desarrollo intelectual que viven nuestros hijos en la edad adolescente. Y reitero: no deja de ser una confrontación, familiarmente dolorosa, pero culturalmente necesaria, pues son estos condición de transformación y diferenciación. Ellos deben constituirse con nuestra presencia e imagen pero estableciendo no las semejanzas sino las diferencias que habrán de definir su estilo y su personalidad.
Muchas veces atados quizás a una melancolía que obstaculiza, pretendemos para ellos el modelo de educación que reinaba en nuestra adolescencia, y remarcamos frases como: “Yo a tu edad…”, o cuestionamos el modo de adquisición de conocimientos: libros versus computadoras, cálculos matemáticos manuales versus calculadoras. Vana discusión. Obvio es que la humanidad ha echado mano siempre de los nuevos elementos tecnológicos y gracias a ello a colocado al hombre en la luna, a fotografiado el interior de su cuerpo sin siquiera tocarlo, o es capaz de clonar a alguien que vivió hace miles de años intentando cumplir con su fantasía de eternidad.
Los vemos crecer y madurar lejos de nuestras ideas, más cerca de la experiencia compartida con sus pares, más cerca del universo simbólico que la cultura impone, que nos precede y que nos sucede. Es que acaso alguien puede substraerse a ese orden sin pagar el precio del aislamiento o la locura.
“Tus hijos seguirán tus pasos y no tus consejos”, proverbio que nos advierte sobre el cuidado que debemos tener entre el distinto sentido de nuestras palabras y nuestras acciones, pues quizás queden ellos marcados por estas últimas más que por un torrente de advertencias y consejos moralizantes.
A modo de cierre, si es que algo puede ser cerrado, podríamos pensar que educar no es intentar poner nuestras disposiciones psíquicas en su propia mente, sino que: nuestra presencia afectiva, el calor de nuestro cuerpo, nuestro apoyo intelectual, nuestra atenta vigilia, o para decirlo con el psicoanálisis, nuestra disposición a soportar la demanda, les sirva como refugio, como lugar donde compartir en silencio su dolor, la emoción de sus proyectos o la alegría de sus éxitos.
Arturo Traynor